domingo, 22 de febrero de 2009

Diez de julio de ese año.

¿Y esto?
Empiezo a tener sensaciones más que feas de mi amiga en la Argentina.
Me imaginaba que me iba a resultar harto difícil poder soportar sus “demandas” de encuentros una vez que ella pisara suelo argentino.
Sin embargo, la situación se dio en forma totalmente opuesta.
¿Yo soy la que debo rogar por un poquito de su presencia?
¿Qué es esto?
¿Entonces él tenía razón?
¿Todo era falso?
Todos esos mails desesperados en los que relataba cuánto me extrañaba y adoraba…
¡Me los creí!
Me estás evitando.
No soy boluda.
No al menos tanto como vos creés.
No tan boluda como para no darme cuenta de que la guita que nos tendrías que devolver la gastaste en tirártela encima, en este viaje…
Ya no creo nada.
Ya no te creo.
Ya no tengo amigas.
Ni siquiera eso.
Todos me usan y me desechan a su antojo.

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