viernes, 3 de octubre de 2008

Veinticinco de mayo de ese año.

No debo relajarme.
Él y mi hijo menor no deben estudiar juntos, salvo que sea una tarea encomendada para hacer con la familia.
Termino yo siendo castigada.
Ya está comprobado.
Mi hijo mayor también sufre al presenciar la escena.
No debo seguir equivocándome.
Me relajé y volvió a pasar.
No debo relajarme.
Él y mi hijo menor no deben estudiar juntos, salvo que sea una tarea encomendada para hacer con la familia.
Termino yo siendo castigada.
Ya está comprobado.
Mi hijo mayor también sufre al presenciar la escena.
No debo seguir equivocándome.
Me relajé y volvió a pasar.
Que no vuelva a pasar.

Las tareas de mi hijo menor deben recaer exclusivamente sobre mí.
Sí, también esto recae sobre mí.
Es así.
Así es.
Debo entenderlo.

Me debe entrar.
Es así.
Me debe entrar.
Es así.
Me debe entrar.
Es así.

Aflojé y pasó.
Nuevamente pasó.
Boluda.
Justo en la previa a una fiesta.
Sabía que no me convenía.
Tenía que andar con pie de plomo.
Y pasó.
Me lo busqué solita.
¡Ilusa!
¡Boluda!
¡Boba!
¡Me metí solita en la cueva!

Recae sobre mí.
Recae sobre mí.
Sobre él, no.
Una vez más, él queda eximido.
Una vez más un peso recae sobre mí.
Debo soportar.
Debo aguantar.
Me conviene.
No debo delegar.
Debo acordarme, sí?
No debo delegar.
No sirve.
No lleva a nada bueno.
Al contrario.
Reaparece el infierno, el pavor, el espanto...
Es peor que hacer tarea,
es aún peor que volver a ser yo la alumna...
Comprobado.

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