No.
No entienden situaciones especiales.
¿No se dan cuenta?
Un día de semana, entre las veinte y las veintidós horas, después de que los empapeladores se fueron y el comedor es un gran caos...
Recién ahora me puedo sacar las medias, el corpiño, la bombacha, los zapatos y todo lo que me puse a las siete de la mañana...
Y lo que me espera: preparar las dos cenas, ordenar, revisar mochilas, vianditas con colaciones, instrucciones escritas a la señora que viene a hacer la limpieza mañana...
Y todos quieren cosas "ya".
Y discuten entre ellos.
¡Peligro!
Él empieza a retar a mi hijo menor.
Lo amenaza con no ver un programa de televisión que sabe que le gusta mucho: "Casados con hijos".
Nada grave por ahora, pero esto puede terminar mal, porque si mi hijo menor sigue jodiendo, la próxima amenaza va a ser "no salir con ella el viernes".
Debo frenar esto ya.
A-ho-ra.
Para eso detengo todo lo otro que estoy haciendo.
Sé que me esperan miles de detalles por resolver, pero no puedo dejar que esa discusión que ya sabe que es inconducente y termina inevitablemente mal, avance.
¡Qué débil que es él con nuestros hijos!
Grita , grita y grita, da puñetazos y...nada!
No logra nada, ni conmigo ni con ellos.
Nunca le dio resultado y persiste.
Tengo taquicardia, pero no me paralizo.
Intervengo.
Lo agarro fuerte a mi hijo menor y le obligo a hacer lo que él ordenó.
No me importa qué ordenó.
Que lo haga y ya.
Logro mi objetivo.
Sigo trabajando.
Una vez más algo recae exclusivamente sobre mí.
Yo tengo la culpa.
Yo los acostumbré mal.
Son tres pelotudos que dependen de mí.
Su vinculación conmigo reside en hacerme preguntas:
- ¿Dónde está el carnet de Club de Amigos?
- Sobre la mesa.
- No lo veo.
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- ¿Corriste las cosas y buscaste bien?
- Ah, acá está.
- ¿Meriendo?
- Bueno.
- ¿Qué como? ¿Me preparás vos la merienda?
- Quiero manzana.
- Ya te la pelo.
- ¿A qué hora cenamos?
- ¿Qué hay de comer?
- ¿Esta corbata va bien con este traje?
Y ahora las preguntas las voy a hacer yo.
Cuando vos decís: "¿Esta corbata va bien con este traje?", ¿No notás que estoy en el peor momento doméstico del día? ¿No podés esperar? ¿No podés avanzar haciendo otras cosas?
Y cuando yo llamo a comer, ¿No podés venir rápidamente a agarrar los platos con comida?¿Podrías no dejarme "pagando" con los platos en las manos?
¿No entendés que esa cocina es una covacha en la que no hay lugar para apoyar cosas?
¿Te darás cuenta alguna vez en tu vida que yo me quiero sacar rápidamente de encima el tema de servir la cena?
Y que NO ME GUSTA, NO, NO ME GUSTA servirles.
Es un peso, es una carga, es un trabajo.
No es broma.
Es pesado.
Hasta parece que creen que cuando yo estoy en la cocina disfruto, me interesa y me da placer el pensar "qué cocino".
Sí, es hermoso encerrarme en esa covacha a prepararles las tres o cuatro o más variedades que luego devorarán.
Me encanta, no saben cuán feliz soy.
Es mi gran vocación.
(nimiamigaqueviveenisraelnimiamigadeprovincianimicuñadanimiotracuñadanimisuegraniellanitodas juntascocinarontodoloqueyococinéenestosultimosdieciochoaños).
Son tres egoístas.
Cero solidaridad.
Cero colaboración.
Cero contemplación.
Ni un gesto.
Nada de nada.
Engullen.
Se miran el ombligo.
Miran el canal de televisión elegido por ustedes.
Yo no importo.
Yo estoy en este mundo exclusivamente para servirles.
Yo no soy una persona con sentimientos.
Yo soy un ente.
Se preocupan por mí sólo cuando corre peligro vuestro alimento, las cosas que a ustedes les interesan.
Se dirigen a mí cuando necesitan algo.
Yo casi no me siento a comer.
A mí jamás nadie me sirve comida y bebida.
Hasta en los "sábados de almuerzo", la ubicación que "me tocó" y el tradicional sistema de colocar todo en la mesa y que "cada uno se sirva", hacen que inevitablemente, cada vez que comienza una interesante charla con alguno de los comensales o cada vez que quiero probar bocado, a un costado alguien me diga:
- Coca.
- Coca Light.
- ¿Me cortás una porción de tarta, que vos estás cerca?
- ¿Me pasás pionono?
- Tortilla.
- ¿La torta la cortás vos?
Y cuando no es eso, es ella que interrunpe para decir algo muy fuera de contexto.
Habiendo desayunado con vos el día anterior, ya no quiero oír sobre vos, quiera estar con los otros y aprovechar el encuentro que yo ya no puedo generar (con todo lo que eso me pesa!).
Y toda vez que logro cruzar una palabra con mi hermano menor, aparece tu cabeza tapando la cabeza de mi hermano en toda su extensión porque "justo" te tenés que servir Coca o lo que sea en ese momento y eso es mucho más importante y urgente que que yo interactúe socialmente alguna vez en mi vida...
Yo no puedo elegir el canal de televisión.
La compu me la dejan cuando ya se cansaron de usarla y usarla.
Ni bien me siento y empiezo a navegar, justo la necesitan.
Puedo tener la cara roja e hinchada de tanto llorar.
Los ojos, chiquitísimos.
Y nadie repara, nadie se percata.
Nadie me mira.
Yo no puedo escuchar un CD completo.
No, eso jamás.
Imposible tener una conversación con mi marido sin interferencias.
No.
Mamá y Papá no pueden dialogar.
Tampoco puedo hablar por teléfono como el común de las personas.
Moscardean.
Joden.
Se provocan entre ellos.
Holgazanean.
No existo.
Yo los crié y los acostumbré así.
Dejé pasar muchas cosas.
Por miedo, por dejadez, por comodidad, por no saber, por no poder, por culpa, por bajísima autoestima, por no contar con un compañero que me defienda, que me acompañe, que les enseñe a valorarme.
¿Y ahora?
Rengueo por el espolón, ¿Y?
Voy y vengo cientos y cientos de veces, desde la habitación al comedor,
del comedor a la cocina, de la cocina al baño, recogiendo ropa sucia., guardando objetos, ordenando el caos, cocinando, preparando cosas para el día siguiente, ¿Y? ¿Nadie se conduele?
Las pantallas me ganan.
Triunfan sobre mí.
Siempre es más importante el diario, la tele, la compu, la Play, la panza llena...
Sí.
Siempre es más importante eso.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario