lunes, 1 de septiembre de 2008

11 de mayo de ese año.

Me pregunto qué carajo hice de malo.
¿Qué cambió entre ayer y hoy?
¿Qué? Por Dios, ¿QUÉ?
Tengo en claro que soy la misma de siempre y que no me mandé ninguna cagada.
Pero "el diablo metió la cola" otra vez.
Y acá estoy, con "taquicardia", desesperada, con claros deseos de desaparecer.
Sí, lo único que es claro en este momento es ese sentimiento.
Y nadie va a ver el reflejo de la seguidilla de días calmos que antecedieron, sólo van a ver esta tormenta y van a creer que siempre es así.
Porque la mala suerte hizo que esto justo viniera a suceder en la víspera de un encuentro familiar.
Para variar.
¡Uf!
¿Por qué?
Si yo aprecié y valoré los días calmos y no pedí nada más que eso: calma.
Si yo hice esfuerzos por no descuidarme.
Me medí.
Lo intenté.
Pero no resultó.
Por culpa del ladrón (¿O ladrona? ¿No será la mismísima maestra?) de figuritas de mi hijo menor y/o por culpa del cansancio por un viaje a Rosario ida y vuelta en un mismo día que él hizo, o por culpa de la culpa que él siente vaya a saber porqué, yo me encuentro otra vez así.
Podré controlarme yo, pero jamás voy a poder controlar las circunstancias.
Voy a tener que convivir con esta incertidumbre y con el espanto SIEMPRE.
Nadie me prometió otra cosa.
¿Por qué exijo, entonces?
¿Acaso alguien me contó que la vida era así?
Me tiraron en este mundo, ¡y a vivir!
Es así, después de la paz, la tormenta...
Y aunque yo actúe correctamente y haga todo lo que hay que hacer para agradar, satisfacer y complacer, o al menos para no estorbar o trabar, voy a recibir a cambio la arbitrariedad de las emociones e inestabilidades de los demás.
¿Entendí bien?
¿Me quedó claro?
La arbitrariedad de las emociones e inestabilidades de los demás.
Nunca debo ilusionarmne.
Debo limitarme a apreciar y agradecer cuando no hay tormenta.
Porque siempre que paró de llover, después volvió a llover,
y así.

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